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Mes y medio antes de su muerte Mozart, de paseo por el famoso Prater de Viena, le confiesa a Constanza, su esposa, el presentimiento de estar escribiendo el requiem para sí mismo. Quizá haya sido éste su último paseo. De lo que no cabe duda es que a partir de ahora, finales de octubre de 1791, toda su creación musical se vuelca en el requiem, composición que deja inacabada.
En agosto apareció por su casa un misterioso personaje con una carta llena de elogios y el encargo de componer un requiem. A los pocos días vuelve de nuevo ese personaje con una suma de dinero como adelanto y con la advertencia de que no intente averiguar su identidad. Ahora sabemos que se trataba del conde de Walsegg, que tenía la fea costumbre de hacer pasar por suyos encargos hechos a distintos músicos y que esta vez quería celebrar el primer aniversario de la muerte de su esposa, muerta en febrero con sólo 21 años.
Apenas si pudo añadir nota alguna a su requiem los últimos quince días de su vida. Constanza, viendo cómo se le hinchaban sus extremidades, le privó de la partitura obligándole a guardar cama. Su contacto con la música estos últimos días consistió en imaginar desde su casa la representación exitosa de la Flauta Mágica. Tampoco nos resulta extraño a nosotros imaginar a Mozart alicaído y convencido de su muerte. Sin duda se le agolparía toda su vida con su poderosa fuerza creadora, en particular su último año en el que logró dar a luz unas cuantas obras extraordinarias dentro de su vasta producción musical.
El 5 de enero de 1791 termina el último Concierto de piano Nº 27 en Si bemol mayor K595, que cierra una de sus colecciones más logradas y de mayor trascendencia, y que lo ejecutará el 4 de abril.
En Baden, mientras visita a su mujer que se repone y se está preparando para su último parto, compone el 17 de junio el Ave verum k. 618, “la más breve e intensa expresión de religiosidad que imaginó nunca”, la quintaesencia de la música vocal religiosa.
En agosto y sólo en un período de 18 días, según su discípulo Süssmayr, va a componer la Clemencia de Tito k. 621, ópera que será interpretada en Praga el 6 de septiembre con motivo de la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia. En palabras de Robbin Landon Tito contiene una hora de la mejor música compuesta por Mozart.
A la vuelta de Praga Mozart compone los dos últimos números de la Flauta Mágica: la marcha de los sacerdotes y la obertura. El 30 de septiembre tiene lugar el estreno de la Flauta Mágica k. 620, que se va a representar doscientas veces en tres años y va a suponer para Mozart su verdadero éxito si bien póstumo.
Todavía va a tener fuerzas para componer el Concierto para clarinete y orquesta K. 622 para su amigo Stadler, obra prodigiosa que sigue llenándonos de asombro y bienestar inigualables. ¿Pero ...y su Requiem? Sabemos que Mozart muere en la madrugada del 5 de diciembre de 1791, que su entierro de pobre tuvo lugar en un día de tormenta, que su cuerpo fue a parar a una fosa común del cementerio vienés de San Marcos. Mientras tanto Constanza, que sabe que el misterioso personaje vendrá reclamando el requiem y que necesita como siempre ese dinero, logra que Süssmayr finalice la partitura. Aquí es donde los musicólogos se plantean la famosa pregunta: ¿Qué es de Mozart y qué de su discípulo?
Al buen conocedor del requiem, sea simple oyente o intérprete, bien de la orquesta bien del coro, no le interesa mucho esta respuesta. Percibe la obra como un todo, como si el espíritu creador de Mozart hubiera sido asumido por su discípulo para que esta obra maravillosa no quedara incompleta.
Sin pretender una respuesta precisa en todos sus detalles, que excedería el propósito de estas líneas, podemos decir que la parte vocal del requiem es de Mozart, lo mismo que la orquestación del Introitus y Kirie que, como sabemos, se repiten en la Communio con diferente letra. También son de Mozart muchas partes orquestales de la Sequentia y del Offertorium. El resto, la orquestación de varios instrumentos y los números completos del Sanctus, Benedictus y Agnus dei son de Süssmayr.
Sabemos que el estreno público del Requiem de Mozart tuvo lugar en Viena a los dos años de su muerte, en 1793. Se supone que su éxito fue grande dada la “fiebre mozartiana” de finales del S. XVIII.
Mozart, Viena y Praga constituyen ese triángulo amoroso en el que Praga va a ser la ciudad fiel, siempre reconocedora de sus méritos, mientras que Viena juega el papel de ciudad fatal, que unas veces le aplaude y otras le ignora, lejos de la cual Mozart no puede vivir largo tiempo.
Nicolás Santamaría Azcona
Presidente fundador de Bona Cantica |